Quince minutos y una eternidad

Fueron apenas unos instantes, un parpadeo de luz atrapado en el cristal de mi lente. Pero hay bellezas que no necesitan horas para explicarse; se imponen, como el primer rayo de sol sobre la tierra húmeda.

Llegaste con tu piel de tonos canela y ecos de café, una armonía de sombras y profundidad que solo el cabello oscuro sabe enmarcar. No fue una pose, fue una entrega. Tu belleza no es común, es especial: habita en el ángulo imprevisto de tu perfil, en la fuerza de una mirada que parece guardar secretos antiguos y en esa forma en la que tus manos dibujan silencios en el aire.

El obturador gritó un par de veces, intentando seguirle el ritmo a tu esencia. Fue una sesión breve, sí, un suspiro de tiempo. Pero al revisar los negativos, comprendí que no te robé una imagen; tú me regalaste un rastro de algo eterno.

Porque cuando la luz acaricia a una mujer como tú, el tiempo se detiene, y la fotografía deja de ser técnica para convertirse, simplemente, en poesía.