
Durante más de veinte años, mi mundo fue el ruido blanco de las celebraciones. Capturé miles de promesas, velos al viento y sonrisas ensayadas frente al altar. Pero tras dos décadas persiguiendo la felicidad perfecta, el fuego se extinguió. Las luces de la fiesta se volvieron sombras, y mi cámara, cansada de lo evidente, comenzó a buscar otra cosa.
Me quemé para poder ver en la oscuridad.
Dejé atrás el bullicio de las bodas para entrar en el santuario del Retrato. Ya no me interesa el «parecer», sino el «ser». Mi lente ya no busca la pose, sino ese instante de guardia baja, esa grieta en la máscara donde se asoma la verdadera cara.
Hoy, mi pasión es encontrar lo que nadie más ve: el alma que ocultas al mundo. No busco tu mejor perfil; busco tu verdad. Esa que vive en el silencio de una mirada y que solo se revela cuando dejamos de actuar.
¿Te atreves a ser visto?
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